El rechazo y la inmunosupresión

Trasplante de Corazón. Guía del Paciente.

Tanto en el ser humano como en otros muchos animales, el intercambio de órganos tiene como consecuencía la destrucción de los órganos intercambiados.

El tejido trasplantado se convierte inmediatamente en el blanco de las iras del sistema defensivo del receptor y sobre él se desata una intensa reacción inflamatoria, a la que llamamos rechazo, que en pocos días lo destruye.

Sólo existe una excepción a la regla y es el trasplante entre hermanos gemelos idénticos, pero claro, casi nadie tiene un hermano gemelo idéntico dispuesto a donar un tiñón en el momento oportuno (o a motirse el día que uno necesita un hígado o un corazón de repuesto).

Esta excepción, sin embargo, nos da una clave para entender el rechazo.

El organismo se defiende de todo aquello que no es idéntico a si mismo como si se tratara, o mejor dicho, por si se tratara de un enemígo.

La lógica del asunto es sencilla y eficaz "todo lo que toca mi sangre, que no forme parte de mí, es peligroso". Para llevar a cabo este trabajo existen unos típos de células especiales en la corriente sanguínea cuya función es precisamente esa: tocar todo y comprobar si es propio o ajeno.

Todas las demás células deben presentar en su superficie un salvoconducto bioquímico exclusivo que las identifique como propias de ese organismo. Este DNI celular es como la nariz de cada uno, irrepetible.

No es tan complicado. Cualquiera identificaría a su hermano entre miles de personas. Las células, como las caras, son totalmentepersonales.

La misma célula identíficadora transmite la alarma y comienza el ataque.Pues bien, el salvoconducto de la superficie de las células se llama antígeno de histocompatibilidad, las células identificadoras linfocitos y macrófagos, y las armas.fabricadas por ellos anticuerpos y linfocinas, que son en resumidas cuentas productos inflamatorios. Parte de este armamento es además capaz de reconocer el blanco por sus antígenos de histocompatibilidad, sin dañar a otras células, las propias, como un moderno misíl.A pesar de ello todo el organismo se resiente ante la batalla y aparece fiebre, postración, malestar general.Y funciona muy bien. Estos mecanismos nos libran de la mayoría de las infecciones. Por desgracia, también nuestros injertos, los órganos trasplantados, sucumbirían ante el ataque aunque ello le costara la vida al propio receptor.Esta dificultad ha sido, lo es todavía, el mayor obstáculo teórico y práctico en el tratamiento de las enfermedades incurables mediante trasplante.Para convencer al organismo de que tolere al nuevo órgano nos vemos obligados a aplacar su cólera inbíbiendo sus mecanismos de defensa hasta que poco a poco va siendo asumido como propio. Este proceso lleva años, si es que llega a completarse algún día.

Nada más colocar el injerto en el receptor es preciso administrar potentes medicinas que bloquean la activación de los linfocitos y macrófagos, previniendo el rechazo.

Si en ese momento se desencadenase una infección, su curso sería comprometedor al encontrar al organismo desarmado.

Para evitarlo protegemos al paciente de las infecciones manteniéndolo en un medio extremadamente limpío.

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Las enfermedades infecciosas son producidas por gérmenes vivos, diminutos, invisibles por su pequeño tamaño, llamados bacterias, virus y hongos microscópicos, cuyas semillas se encuentran en el ambiente, en el suelo, el polvo y en las demás personas.

Constantemente, sin darnos cuenta, penetran en nuestro organismo con la respiración y la comida pero son rápidamente destruidos por los sistemas defensivos.

Si para poder hacer un trasplante, tuviéramos que suprimir la inmunidad, o inmunosuprimir que es como se dice, completamente a los pacientes, padecerían constantes y terribles infecciones que harían inviable el proyecto.

Los modernos inmunosupresores   consiguen deprimír la inmunidad lo justo, o casi, para evitar el rechazo sin exponer al paciente a continuas infecciones, quizá deberiamos llamarles "inmunodepresores".

Como todo en esta vida, la realidad no es perfecta, el paciente trasplantado padece leves grados de rechazo que ess necesario vigilar, diagnosticar y, si se ve que van a más, tratar. Ocasionalmente aparecen infecciones que hay que combatir con antibiótícos.

El arte del trasplante consiste pues, en mantener un nivel de inmunosupresión que evite la progresión del rechazo y que no favorezca las infecciones. Este difícíl equilibrio es especial para cada persona y por eso, al principio, hay que tantear distintas dosis y medir la actividad inmunosupresora, el rechazo y el riesgo de inyecciónLa actividad inmunosupresora se puede medir con análisis que estudian los linfocítos, no hay problema.Más complicado es lo del rechazo. Se han estudiado muchos métodos pero ninguno es muy fíable. Para saber si hay rechazo hay que analizar el propío corazón.Esto parecía imposible, hasta que se inventó un largo catéter, que introducido desde una vena del cuello o de la ingle es capaz de llegar al corazón y sacar un mordísquito sin dañarlo, Este catéter se llama bioptomo y el mordisquito biopsia.

El procedimiento es indoloro y sin pelígro y permite estudiar las biopsías todas las veces que sea preciso para estar seguro de que el rechazo no daña al corazón.

Se trata en resumen de anticiparnos a los hechos.

Debe quedar claro que un mínimo rechazo, lo hay siempre, pero no significa que se pueda dañar el corazón. Si en la biopsia el patólogo detecta un grado de rechazo superior al permisible, nos avisará para administrar el tratamiento antirechazo.Una nueva biopsia siete o diez días después comprobará la eficacia del mismo.