ACTITUD DE LAS RELIGIONES FRENTE A LA DONACIÓN.
LA IGLESIA CATÓLICA ROMANA.

 

SOBRE LA DONACIÓN Y EL TRASPLANTE DE ÓRGANOS

CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA

SECRETARIADO COMISION EPISCOPAL DE PASTORAL

LA DONACIÓN DE ÓRGANOS

Exhortación pastoral

Suele decirse que el progreso técnico contemporáneo nos va haciendo a los hombres cada vez más egoístas y encerrados en nuestro propia corazón. Y, sin embargo, también ese progreso nos abre nuevos o insospechados caminos de caridad. Nos referidos a ese prodigio de la ciencia gracias al cual, a través de los trasplantes, parece lograrse una forma más alta de fraternidad, al poder compartir órganos de nuestro cuerpo y convertir, así una muerte en algo de vida.

Es éste un problema que debe preocuparnos seriamente como cristianos: enfermos que hasta ahora sólo podían ser tratados en la hemodiálisis que prolonga la vida en condiciones precarias, hoy tienen una solución más definitiva gracias a los trasplantes de riñón.

En España hay en estos momentos unos 10.000 enfermos que siguen viviendo gracias a la diálisis. Y la cifra tiende a crecer. Y, aunque bendicen esta técnica curarativa que les pemite vivir y hasta en alguna medida, seguir trabajando y hacer una vida casi normal en apariencia, conocen también la esclavitud de vivir, cuatro horas tres veces por semana, encadenados a la máquina que purifica su sangre. Viven, pero en libertad vigilada.

Y, aparle del costo de su tratamiento que supone para el país más de treinta mil millones de pesetas al año, sus existencias quedan, en lo familiar, en lo laboral, en su misna psicología, duramente condicionadas. Son muchos los que ven pasar y pasar los años en espera de lo que sería su solución definitiva: un trasplante que, les permitiría regresar a su vida plena y normal. Nos preocupa esta situación e igualmente la de los enfermos cardiacos, hepáticos, diabéticos, con ceguera, etc. cuya solución puede estar en el trasplante.

Pero la realidad es que en España los trasplantes son por ahora muy escasos, porque son tanbién muy raros los donantes. Son pocas las personas que piensan que después de su muerte aún pueden seguir viviendo, de algún modo, siendo útiles a sus hermanos. En este tiempo en el que el azote de la carretera produce cada semana docenas y docenas de muertos, no parece que hayamos comprendido que, aun de esa tragedia, podría extraerse una semilla de vida para otras personas.

Y la asombroso es que uno de los motivos que frenan más la generosidad de muchos en la donación de órganos es, al parecer, ciertas razones o prejuicios real o supuestamente religiosos. El respeto, justamente casi sagrado, que tantas veces hemos predicado desde la fe hacia nuestro propio cuerpo hace que algunos creyentes se resistan a la donación de órganos.

Por otra parte, la falta de información y mentalización previas, la situación traumática y dolorosa que los familiares experimentan ante la muerte de los seres queridos, los respetos humanos, el miedo al "qué dirán', los ritos funerarios tan anclados en nuestra tradición, dificultan o impiden la donacíón de órganos y pueden conducir a la idea de que son los otros los que deben agudar o hacen pensar que "cada uno debe resolver sus problemas".

Nosotros, como pastores de la Iglesia, tenemos la obligación de disipar esos temores.

Es cierto que se exigen algunas condiciones que garanticen la moralidad de los trasplantes de muerto a vivo: que el donante o sus familiares obren con toda libertad y sin coacción; que se haga por motivos altruistas y no por mercadería, que exista una razonable expectativa de éxito en el receptor; que se compruebe que el donantes está realmente muerto.

Cumplidas estas condiciones, no sólo no tiene la fe nada contra tal donación, sino que la Iglesia ve en ella una preciosa forma de imitar a Jesús que dio la vida por los demás. Tal vez en ninguna otra acción se alcancen tales niveles de ejercicio de la fraternidad. En ella nos acercamos al amor gratuito y eficaz que Dios siente hacia nosotros. Es un ejemplo vivo de solidaridad. Es la prueba visible de que el cuerpo de los hombres puede morir, pero que el amor que los sostiene no muere jamás.

Esto que decimos hoy, y que ya anteriormente otros obispos expusieron, no es ninguna novedad en el pensamiento de la Iglesia: lo expresó ya Pío XII. en el momento en que los primeros trasplantes o transfusiones se hicieron. Lo han repetido los pontífices posteriores. Muy recientemente Juan Pablo II ha dicho que veía en ese gesto de la donación no sólo la ayuda a un paciente concreto sino "un regalo hecho al Señor paciente, que en su pasión se ha dado en su totalidad y ha derramado su sangre para la salvación de los hombres". Es, ciertamente, al mismo Cristo a quien toda donación se hace, ya que él nos aseguro que "lo que hiciéramos a una de estos mis pequeñuelos conmígo lo hacéis" (Mat.25,40). ¿Y quién más pequeñuelo que el enfermo?.

Deseamos expresar, en esta exhortación pastoral, nuestro estímulo y aliento a los enfermos y familiares que sufren y esperan nuestra generosidad, a las asociacíonces de enfermos que con empeño llevan a cabo una labor de sensibilización, a los equípos médicos que con tanto esfuerzo y entrega luchan por estar al día y ofrecer a los enfermos una vida mejor, a los órganos legíslativos y administrativos y a los medios de comunicación social que han mostrado su sensibilidad y preocupación por el problema. Y queremos también mostrar nuestro reconocimiento a los que ya han decidido donar sus órganos en caso de muerte.

Junto a este estímulo y reconocimiento, pedimos que se agilicen los trámites, en ocasiones, pueden dificultar la aplicación de la ley, que se siga sensibilizando e informando en orden a una solución efectiva de esta problemática. Esperamos que nunca se interfieran en este delicado asunto los intereses económicos.

Y, como deseamos que nuestras palabras no se queden en simples palabras, cuantos firmamos estas líneas declaramos desde ellas nuestra voluntad de ser, en cuanto sea posible, donantes de cualquier parte de nuestra cuerpo que pudiera ser útil, tras nuestra muerte, a cualquiera de nuestros hermanos. Así creemos imitar a Jesús que dice "nadie tiene mayor amr que el que da la vida por sus amigos" (in.15,13) y que él mismo dio su vida por los hombres.

Madrid, 25 de octubre de 1984.

Los miembros de la Comisión Rpiscopal de Pastoral:

Javier OSÉS FLAMARIQUE, Obispo de Huesca y Presidente de la Comisión

Teodoro ÚBEDA GRAMAJE, Obispo de Mallorca

José GEA ESCOLANO, Obispo de Ibiza

Antonio DEIG CLOTET, Obispo de Menorca.