EL DUELO

Extracto de "EL DUELO", clase impartida por la Enf. Dolores Pérez Cases
Curso Familia y Donación 2007.

LAS FASES DEL DUELO

El duelo, entendido como proceso, transcurre a través de diferentes fases. Descripción detallada de un proceso normal de duelo según Bob Wright

FASE I.

Shock, insensibilidad, estupefacción, nada  parece real al doliente. Está como en trance. La gente le habla y no responde: se siente espectador. No puede concentrarse ni tiene energía; está "aturdido", paralizado y los sentimientos se manifiestan como dormidos, "anestesiados". Su comportamiento podría interpretarse a veces como "de serenidad", pero el doliente se desmorona en cuanto se da cuenta de la realidad.

Negación, incredulidad: "no es a mí"; "ha habido un error"; "estoy soñando."  “me estáis engañando”. El doliente habla en tiempo presente del fallecido. No renuncia a la esperanza de que va a volver. "No ha ocurrido nada"  “el esta en casa esperándome”

Pánico. El doliente sólo puede pensar en la pérdida y está "paralizado por el miedo": miedo a perder los nervios y el control, a no poder concentrarse, a volverse loco, a lo desconocido, al futuro. ¿Qué me va a ocurrir? El doliente está emocionalmente desorganizado; se siente solo, triste, vacío, confuso, desamparado y desesperado, postrado y lleno de desolación. La idea de suicidio no es infrecuente. Este pánico es normal y hay que decírselo y no debemos juzgarlo

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Sentimientos y emociones en esta etapa:

El dolor, emoción humana básica absolutamente normal, aún siendo universal, es extremadamente personal. Nunca se hacen dos duelos iguales. “Cada persona llora la muerte de su ser querido de un modo diferente". En estos primeros momentos, el dolor es aterrador e irregular y se expresa a través de una gama extensa de sentimientos, con reacciones muy variadas y a menudo contradictorias.

Son frecuentes los sentimientos de "oportunidad perdida" en esa relación.
También los de inseguridad: no sabe  dónde está; la tierra que pisa ya no es firme.

Aparecen a menudo sentimientos de desesperación, la idea de suicidio, Distraen del enojo, resentimiento, cólera que siente el doliente hacia otras personas, el muerto, el médico, el sistema sanitario y del sentimiento de culpabilidad por esas reacciones.Hay una búsqueda que varía desde sentimientos de agitación a la búsqueda física, real, de la persona fallecida.

La desolación y el llanto son muy frecuentes en un primer momento; éste es precisamente el tiempo en que el doliente debe afligirse y suprimir o ignorar las reacciones de dolor puede retrasar o alterar el duelo.

            Por el contrario, las emociones que se sienten, al ser expresadas, ayudan a emerger frustraciones. Hablar del muerto y llorar, alivia y hace que se compartan esos sentimientos con otras personas. La ayuda en la  identificación de estas emociones  desahoga y sirve de cauce para que las penas fluyan, forma parte del inicio del duelo, no olvidemos que es un proceso fisiológico que no debemos disertar: “nos gustaría que esto”… “realmente es muy doloroso” “quisiéramos poderle decir “…

 

            Las formas de respuesta a la aflicción pueden manifestarse por diferentes sensaciones físicas: náuseas, vértigo, palpitaciones, opresión en la boca del estómago, en el pecho, vacío en el estómago, sequedad de boca, ahogo, hipersensibilidad al ruido, fatiga, dolores de cabeza, de espalda, debilidad

Simonne Fabien describe en esta fase los comportamientos siguientes:

  1. Aquellos que bloquean la percepción: "desmayos" o "desfallecimientos", estados crepusculares, (estar "traspuesto"), bloqueos pseudocatatónicos (inmóvil, rígido y sin respuesta).
  2. Aquellos que alteran la motricidad: parálisis de partes del cuerpo, inhibición de movimientos, automatismos motóricos regresivos (balanceo) o repetitivos sin sentido ("respiraciones artificiales" interminables).

            Esta fase puede durar horas, días o semanas.

Fase II

            El sentido de culpa relacionado con la pérdida aparece como fenómeno de auto castigo y auto recriminación: cosas que no hizo, no dijo o actuaciones que hicieron daño a esa persona amada: "Si al menos hubiera llamado antes al médico, le hubiera tratado más cariñosamente, le hubiera cuidado más, hubiera tenido más paciencia, le hubiera expresado cariño con más frecuencia."

            Hay sentimientos de pérdida de "la vida no vivida".

            Antes de la muerte siempre existe la esperanza de que las cosas puedan cambiar.

La muerte hace examinar la vida: los propios fallos, errores, injusticias, lo que se ha hecho o dejado de hacer.

            En el caso de un hijo o de un cónyuge este sentimiento puede revestir gran intensidad.

            El sentido de culpa sin resolver y las emociones mal interpretadas pueden llevar al doliente a sentirse mal durante años o a manifestarlo a través de síntomas físicos.

            Puesto que el pasado no puede cambiarse, hay que aceptarlo e integrarlo en la propia vida; el aceptar la culpa es una forma de integración. Para ayudarles debemos aceptar este sentimiento y validárselo. “es normal que se sienta así”  “cualquiera o yo mismo me sentiría igual “pero ha sido un accidente “podría haber ocurrido de otra forma.”

El doliente está furioso; lleno de ira, rabia y resentimiento.

Cólera: ¿Por qué no se ha muerto mi vecino que es un sinvergüenza?
Enojocontra el hospital, contra los médicos y enfermeras, con los que te rodean: qué se han creído, hablan de mi futuro y no hay futuro para mí.
Indignación con el propio ser querido, "que se ha ido" que "está descansando".
Rabia contra uno mismo, contra los demás y contra el fallecido

Depresión y abandono. Prima el sentimiento de desolación. "Nadie ha sufrido un duelo como el mío".

La depresión aparece en esta etapa como un fenómeno normal y sano. Es una necesidad psicológica, un camino lento y tortuoso para llegar a aceptar la pérdida y forma parte del proceso de decir "adiós" al ser querido. "El sol luce", pero está envuelto en nubes y el doliente no lo ve, puede ayudarle el que se le asegure que "las nubes pasan y "se levantan", aunque en estos momentos a él le parezca imposible.

Disminuye de manera importante la autoestima”: no me importa mi aspecto", "no valgo la pena", “no puedo ser merecedor del afecto de otros”.

Sin embargo: en esta fase el resentimiento disminuye el sufrimiento y la cólera.
El doliente está mejorando puesto que puede expresar sentimientos muy fuertes de los que se creía incapaz. Estos sentimientos son normales en las personas y deben aceptarse, pero a menudo procuramos sublimarlos. Es una fase normal en el proceso del duelo e inicia la salida de la depresión y debemos hacérselo saber.

Comportamientos

Alteraciones del apetito, insomnio, miedo a enfermar, aislamiento social, evitar lo que recuerda al difunto o por el contrario llevar objetos del fallecido o atesorar objetos que le pertenecían, visitar los lugares que fre­cuentaron juntos.

            Se dan a menudo síntomas físicos de enfermedad originados por el dolor, la angustia y el estrés, que a su vez provo­can una depresión del sistema inmunológico: el doliente se vuelve más vulnerable físicamente.

            Los problemas de salud a lo largo del proceso, pueden indicar fijaciones por problemas emocionales mal resueltos.
El entender y conocer la causa de todos estos síntomas puede ayudar a trabajar la pérdida

Esta fase puede durar desde semanas a meses

 

Fase III

Resistencia a volver a la vida habitual.

El doliente se siente sin fuerzas, débil e incapaz de afrontar nuevas situaciones y decisiones. Piensa que los que le rodean no tienen ni idea de la magnitud de la pérdida, terrible y muy especial. No se duele delante de cualquiera, su duelo es un asunto privado. Le hablan de otras cosas ignorando su pena. Todos han olvidado lo ocurrido, pero "alguien tiene que recordarlo”. Quiere tomarse su tiempo para hacer el duelo, se resiste a darlo por acabado.

En realidad se produce una "conspiración del silencio" y no se menciona al difunto para no provocar la aflicción del doliente. Algo importante que pueden realizar los familiares y amigos es el ayudar a conservar la memoria del difunto.

            El doliente debería abrirse a nuevas relaciones e iniciar algo diferente. Pero no le apetece y le cuesta, lo cual es muy normal.

Fase IV

Afirmación de la realidad y recuperación.

Gradualmente se va abriendo paso la esperanza. Las nubes se van despejando. Se alternan temporadas buenas con los baches, que casi siempre coinciden con fechas clave, aniversarios y fiestas significativas.

Se recupera el sentido de sí mismo que pasa por aceptar la pérdida: “mi hijo ha muerto”. Se afronta la dura realidad.

En muchos casos, el doliente prefiere trabajar por sí mismo su dolor; aunque siempre necesita la calidez, la ayuda y el afecto de los que le rodean, para motivarle a buscar otras relaciones, trabajos y hobbies que den un nuevo sentido a la vida.

Otras veces requiere ayuda más profesionalizada.

Reconocer el dolor e intentar vivirlo, es expresión de salud mental. En el dolor no hay atajos, no se puede huir de él, hay que atravesarlo.

También alivia el repasar los recuerdos agradables y desagradables.

Todos los estudiosos del duelo, están de acuerdo en afirmar que un duelo se resuelve mejor si se cuenta con soporte emocional y social adecuados, ya que el doliente constata que no tiene que afrontar el presente y el futuro sólo: cuenta con familiares y amigos que le ayudan a temer menos al mundo real.

            La experiencia - durísima - de un duelo, da la oportunidad de ayudar a otros cuando sufren trances similares.