“EN MEMORIA DE NUESTROS DONANTES”
Guía breve de ayuda a sus familias

34. Artículos publicados en la prensa local entre 1990 y 2002

  

El riñón que esperan ... 

            Ahora es artificial, pero necesitan uno nuevo y natural. Un  puñado de niños‑jóvenes de nuestra ciudad, adolescentes ya,  reciben tratamiento con diálisis por padecer una enfermedad  renal crónica que acabó destruyendo totalmente sus riñones.  Todo sucedió rápidamente durante su infancia. Lucharon contra  su padecimiento, pero perdieron. Tuvieron que rediseñar sus  juegos, estudios y ocio  para convivir con esa progresiva  enfermedad que truncó su infancia y que los médicos no pudimos  curar ni frenar. Y así llegó un día, en que notaron que su  cuerpo no podía más, con movimientos lentos e imprecisos pese  al gran derroche de energía. Bajaban de peso, no crecían, les  cambiaba el color de la piel y, definitivamente, perdía brillo  su mirada. Aquél fue el momento de comenzar la diálisis: la  solución para poder seguir de pie. Con todos los miedos y dolores se aferraron a ella y encontraron  alivio casi  inmediato para la mayoría de sus carencias. Y mejoraron más,  se sintieron otros, casi iguales.

            Transcurrieron los meses y los años y la máquina pesaba  cada día más. Se encontraban demasiado atados a ella y esa  sensación preocupa de nuevo al niño, al joven, a sus padres.  Vuelve la tristeza a la casa. Se sienten capaces de hacer  muchas cosas pero notan que no son libres, normales, como los  demás.

            Oyen que la solución definitiva a su problema existe y  resuena cada día en su cabeza: trasplante, trasplante,  trasplante. Sin embargo no aciertan todavía a comprender por  qué no llega ya. Escuchan que el nuevo riñón será de una  persona fallecida que conocedora de  estos sufrimientos habría tomado en vida la  decisión de donar sus órganos para trasplante. Piensan que no  piden tanto. Al fin y al cabo usarán algo  que se iba a  enterrar, a perder.

            Por favor ‑te dicen‑ si mueres, no te lleves tus órganos,  déjalos unos años conmigo. ¿Pido tanto?.

 

 


 

 

Donación de órganos: razones para decir sí

             Incitaba recientemente a un amigo trasplantado de riñón a  sorprenderme contándome alguna experiencia que hubiera sentido  con su flamante y nuevo riñón que funcionaba perfectamente.

‑ El oír y sentir el paso de la orina cuando voy al retrete, me  contestó.

            No había esperado oír nada parecido. Algo tan poca cosa, tan  familiar, con lo que todos los días nos saludamos al levantarnos  todavía medio somnolientos y que ni le prestamos una mínima  atención.

            Esto que es una anécdota curiosa, pero intrascendente, es el  extremo de otras sensaciones y logros más importantes que los  pacientes trasplantados  sienten y disfrutan con su nuevo órgano  funcionante. Destacaría entre otros, por la vertiente humana que  alberga, los cambios experimentados en la esfera sexual y  reproductiva. Cuando el riñón trasplantado logra normalizar el  funcionamiento de la mayoría de los aparatos corporales, es  frecuente que jóvenes parejas, hasta entonces estériles, tengan  su primer embarazo. El nacimiento del retoño hace olvidar a los  pacientes con enfermedades renales crónicas que estuvieron en  tratamiento con diálisis, todos los sufrimientos y carencias  acumulados. Para una joven mujer todavía en diálisis, la ilusión  por recibir un trasplante renal está proyectada no sólo en poder  abandonar su enfermedad, sino en esa normalización de su vida de  relación con la pareja que se va a desarrollar a través de su  recuperada fertilidad. Este aspecto emocionante  es  uno  de  los  argumentos  que nos anima en la lucha por conseguir más donantes  de órganos.

            La nueva vida que comienza para los trasplantados, que han  experimentado durante años lo que cuesta vivir cada día con todas  sus carencias y servidumbres añadidas, está plagada de una amplia  gama de matices que los que tenemos la suerte de gozar de una  buena salud no somos capaces de percibir en su globalidad.

            Todos los trasplantados de riñón cuidan mucho más su nuevo órgano  trasplantado y cuando se enfrentan a alguna complicación  infecciosa, hemorrágica, digestiva o de cualquier otra índole, la  pregunta que invariablemente nos dirigen es:

            ‑¿ Le pasará algo malo a mi riñón, doctor?. Pueden estar cerca de  perder la vida, pero no conciben perder el funcionamiento de su  nuevo riñón. Esa circunstancia, de presentarse, sería como una  segunda pérdida, algo tremendo ya vivido y sentido. Algo difícil  de afrontar y superar.

            Para los profesionales que diariamente tratamos las enfermedades  de los riñones y que cuidamos de sustituir su déficit con la  diálisis, cuando estos quedan exhaustos tras prolongada  enfermedad, el trasplante renal que prende con éxito y que  funciona correctamente, representa momentos de gran satisfacción  al coronar felizmente una trayectoria de asistencia a esos  enfermos que, a veces, se remonta 10 ó 15 años atrás, cuando  comenzaron a consultar por los primeros síntomas de enfermedad  renal.

            Por ello, cuando nos presentamos a una familia doliente por la pérdida de un ser querido, que ha sido valorado como  posible donante de órganos, lo hacemos cargados de razones para  obtener el sí. Todos nuestros argumentos se les presentan  cuidadosamente con el máximo respeto, a veces de forma ordenada,  a veces  con más vehemencia y rapidez, acuciados por el paso del  tiempo que tiende a destruir poco a poco los órganos que  débilmente se mantienen íntegros, con la ayuda de máquinas y  fármacos, en un cuerpo sin vida esperando ser rescatados para  alojarse en otro cuerpo enfermo pero con vida.

            Nuestra actitud y firmeza durante la petición del sí para la  donación de órganos es la fuerza resultante de todas los deseos y  ansiedades de cada uno de los enfermos en lista de espera que  confían y depositan en nosotros  sus ilusiones para que podamos  transmitir a esas familias razones de solidaridad, generosidad y  reciprocidad, en  la necesidad de órganos para trasplante y que  hoy por hoy solo pueden obtenerse en esas circunstancias.

            Somos conscientes que estamos viviendo una etapa de transición en  lo que concierne a la donación para trasplantes. Si cerramos los  ojos, no nos es difícil imaginar un día cercano, cuando sea una  práctica natural la donación de órganos, como la donación del  cuerpo para estudios morfológicos en las facultades de medicina,  como la incineración de los restos tras la muerte, en vez de la  inhumación actualmente predominante.

            La actitud ante la donación de órganos va estrechamente ligada al  ancestral misterio y liturgia  que rodea a la muerte. Es preciso  delimitar con nitidez la línea que separa la vida de la muerte y  no considerar a ésta última como una "prolongación" de la vida.  El hecho de donar o no órganos para trasplante tras la muerte, no  debe modificar el dolor de la familia por la pérdida de su ser  querido. El cuerpo humano ya sin vida es una estructura pasajera  que se desvanece poco a poco y solo el recuerdo del espíritu de  la persona que lo habitó debe ser el objetivo más anhelado.  Campañas para impulsar la donación de órganos son hoy por hoy  imprescindibles en nuestro país, en tanto en cuanto, los  trasplantes de órganos están única y exclusivamente limitados por  la disponibilidad de órganos, que actualmente está lejos de cubrir  las necesidades y porque coinciden en preparar y mentalizar a la  Sociedad para una  convivencia más generosa y solidaria.

            Es necesario incrementar los esfuerzos para que toda la Sociedad  considere los trasplantes de órganos como  algo normal, al  alcance de todos los enfermos que lo precisen y  que van a permitir potenciar y ampliar el tratamiento de un buen  número de enfermedades, en las que su única y definitiva solución  consiste en remplazar el órgano enfermo por otro sano.

            Todos, enfermos y sanos, donantes y sus familias debemos  asumir el compromiso de la donación de órganos para trasplante  como un acto terapéutico necesario e irrenunciable que es preciso  demandar más, amparar y proteger.

 

 

 

Trasplante renal y calidad de vida

 

            Los trasplantes de órganos que se han realizado en mayor número  a lo largo de las dos últimas décadas han sido los de riñón que recientemente han alcanzado en España el número 10.000. Esto significa que el trasplante de riñón, al igual que el de otros órganos sólidos (hígado, corazón) y tejidos (médula ósea, córnea, hueso) ya no son un milagro buscado por médicos y enfermos, sino que son una realidad cotidiana que refleja el gran nivel alcanzado por la medicina y cirugía de nuestro país.

            Los trasplantes, además de restablecer la salud y salvar la vida, aportan calidad y utilidad a la misma. La calidad de vida es un concepto en gran parte subjetivo y por ello difícilmente cuantificable. Cada civilización, cada época histórica, tiene diferentes necesidades básicas al lado de otras necesidades complementarias que, en conjunto, permiten situarnos en un contexto de bienestar y felicidad. La vida se puede mantener y prolongar bastante bien con el tratamiento de diálisis, pero la calidad de vida -libertad y salud plena-  que proporciona un trasplante de riñón representa un cambio de tal magnitud, que resulta difícilmente comprensible para quienes tenemos la suerte de no conocer esa situación.

            Por eso, cuando a un trasplantado de riñón le preguntan: ¿cómo te encuentras?, en muchas ocasiones intercala en su respuesta comparaciones con la situación en la que se encontraba en diálisis. Aquellos momentos de dolor, muchas veces sorprendidos todavía por la rapidez con que se desarrolló la enfermedad renal, de incertidumbre y esperanza mientras llegaba aquella llamada para acudir rápidamente a la operación tan deseada del trasplante.

            Una de las múltiples diferencias entre la diálisis y el trasplante es que convierte a un "paciente pasivo" en una "persona activa", con un renovado entusiasmo por la libertad e independencia. Muchos trasplantados de riñón se vuelven más activos, más animosos, más agradecidos de vivir y parecen más sanos que gente que nunca ha tenido problemas de salud.

            Calidad de vida y felicidad pueden ser equiparables. Si tuviéramos que elegir una de las distintas definiciones de felicidad nos quedaríamos con: "estado en el que no existe gran diferencia entre lo que uno quiere y lo que uno tiene". Es decir, que la vida transcurra tal como se desea. Simplemente eso, tener controlado el dolor y gozar de salud, tener un trabajo digno y remunerado que permita la independencia económica y poder compartir el amor de la familia. Por eso podríamos hablar de los tres pilares de la felicidad aceptados en nuestro entorno y que en el momento actual podrían ser compartidos por una mayoría: salud, dinero y amor.

            Para los trasplantados de riñón que han vivido la situación de enfermedad crónica, la dependencia de un tratamiento riguroso con restricciones dietéticas, pasando sed, con la disciplina de los horarios de diálisis, el recuerdo de los calambres y mareos, la pérdida de tiempo por los repetidos traslados, una y otra vez cada semana, cada mes, cada año ..., la llegada del trasplante renal representa la situación ideal. Los trasplantados de riñón vuelven a disponer de una situación de salud y bienestar, lejos del dolor, de la privación física y psicológica que venían padeciendo desde meses o años. ¿Y qué hablar de su calidad de vida?. Los trasplantados de riñón son totalmente indistinguibles de cualquier otra persona sana. Esa valoración es para mí la más completa. Una calidad de vida igual a la de otros que nunca han sufrido la enfermedad.

            Hay quien dice que el dinero no da la felicidad pero aplaca los nervios. Para otros, el dinero da la felicidad pero destroza los nervios. En cualquier caso, el dinero no asegura la felicidad, pero una mínima independencia económica permite asegurar una situación de bienestar o de felicidad adecuada. Los trasplantados de riñón a los que se les reintegra la salud con el trasplante, vuelven a estar físicamente capacitados para terminar los estudios y trabajar en el proyecto que siempre soñaron o poder continuar con el trabajo que a duras penas venían soportando en los difíciles momentos de la diálisis. Muchos pueden mantener en las duras condiciones del mercado de trabajo actual, una posición no muy distinta de la que son capaces otras personas no trasplantadas.

            Y por último, el amor. Amor para poder sentirse útil a los demás, amor para que se pueda consolidar una estructura familiar que tenía alguna dificultad durante el tiempo de diálisis y, lo que es más llamativo, amor para que jóvenes parejas consigan un primer embarazo que pueda ampliar la unidad familiar. Para una mujer joven la ilusión por recibir un trasplante de riñón está proyectada no solo como medio para recuperar la salud, sino también para conseguir esa normalización de su vida afectiva que permita una plena vida familiar a través de su recuperada fertilidad.

            Cuando los profesionales sanitarios dedicados a los trasplantes observan como éstos recuperan la salud y una buena calidad de vida, se sienten satisfechos y con más fuerzas para arrostrar las responsabilidades del control de los trasplantados y que obligan a mantener una gran tensión, compensada en parte,  con los buenos resultados logrados con el trasplante.

            Finalmente, por estas y otras razones, los trasplantados deberían llamar más intensamente la atención al público para que éste conozca mejor el éxito y los resultados conseguidos con las operaciones actuales de trasplante, que permiten una absoluta integración en la sociedad. Es preciso dar a conocer estos resultados que acaben con los escépticos e indecisos y para que, de una vez por todas, se manifiesten públicamente en vida a favor de la donación de órganos y en contra de su enterramiento y destrucción.

            Todos los trasplantados deben asumir el compromiso de colaborar con la sociedad para que ésta tenga la mejor información posible y colabore de forma más eficaz en la donación de órganos, de forma tal que podamos casar mejor la oferta y la demanda de órganos para trasplante y que esta gran familia de trasplantados sea cada año más numerosa y goce de una larga y saludable vida.


 

 

Reflexiones sobre la donación de órganos 

            Los trasplantes de órganos constituyen el tratamiento ideal, y a veces único, de diferentes enfermedades caracterizadas por la pérdida de función de un órgano esencial para la vida.

            Después de dos años de continuo descenso en el número de donaciones de órganos, en lo que va de año se ha invertido esta tendencia negativa y el número de donaciones que se han producido hasta hoy han sobrepasado ampliamente las conseguidas durante todo el año pasado.

            Pese a este positivo balance, los números en nuestra provincia son aún preocupantes. La lista de espera para trasplante de riñón en Málaga comprende más de 250 pacientes, con una espera media de unos cinco años para recibir un trasplante renal. Cinco largos años que los pacientes con insuficiencia renal crónica permanecen en tratamiento con diálisis, procedimiento que, aun manteniéndolos vivos y con una vida útil y activa, no logra compensar todas las funciones del riñón humano, apareciendo lenta pero progresivamente, alteraciones en otras partes del organismo, que van limitando la calidad de vida.

            Por su parte, los trasplantes de hígado y corazón, con listas de espera menores, necesitan recibir un órgano sano con más urgencia, al no existir posibilidad de mantenerse en situación tan delicada por largos períodos.

            ¿Pero, es que no hay donaciones?. Diariamente, los medios de comunicación nos hablan de accidentes trágicos con resultado de pérdidas humanas, casi siempre jóvenes y sanos. De ellos, casi todos los que fallecen en el hospital pueden ser considerados donantes potenciales, y aquí las cifras de la provincia de Málaga merecen un comentario.

            Mientras que en Cataluña y en la comunidad autónoma de Madrid el porcentaje de donantes de órganos efectivos de todas las muertes cerebrales (principalmente como consecuencia de traumatismo craneoencefálico) acaecidas en los hospitales está entre el 80 y el 87 por ciento, aquí, en Málaga uno de cada dos posibles donantes no llega a serlo y la causa es siempre la negativa familiar a donar los órganos en el instante mismo de su muerte.

            Con esta diferencia tan abrumadora respecto a otras comunidades autónomas, se desprende la necesidad de potenciar las donaciones de órganos por parte de todos los que, de una u otra forma, somos responsables del tratamiento de enfermedades en las que sólo un trasplante las resuelve definitivamente.

            ¿Qué diferencia a nuestro entorno de otras áreas cercanas respecto a la donación de órganos?. Es difícil simplificar y pensar en una única respuesta a este problema. El andaluz es extrovertido y generoso, confiado y alegre, que disfruta y valora la vida, por lo que en principio estas cualidades deberían ser favorables hacia la donación de órganos, cooperando en el mantenimiento de vida con el trasplante en un nuevo cuerpo desde otro que se apaga lentamente tras un accidente fatal. Corrobora esta actitud el hecho de que las campañas de información y captación de donantes obtienen en Andalucía un éxito similar al logrado en otras comunidades, existiendo un censo de donantes de órganos con carné bastante numeroso.

            El problema surge en el momento trágico y crucial de informar a la familia destrozada por la muerte, generalmente imprevisible, de un ser querido, que existen órganos de su cuerpo que no se han lesionado en el accidente y que perfectamente pueden ser extraídos para trasplantarlos a enfermos que los necesitan urgentemente. Es en ese momento en el que la solidaridad humana se pone a prueba. Para los que desde hace muchos años tenemos la obligación de estar presentes con estas familias y rogarles la donación de órganos para trasplante, siguen siendo  momentos conmovedores y cuesta trabajo contener la emoción que nos lleva a solidarizarnos con el dolor de esta familia desconocida hasta entonces, pero comprendida en todos sus sentimientos. Si la familia entiende nuestra petición y accede a la donación de órganos, nuestro agradecimiento es inmenso, pese a no pedir nada para nosotros, pero nos adelantamos y se lo agradecemos en nombre de los receptores del trasplante que ansiosamente esperan su oportunidad.

            Si la familia no concede la donación, se intenta de forma cortés pero firme, argumentar la necesidad de lograr órganos para trasplante como única vía posible terapéutica de un importante número de enfermos graves. La conversación suele ser muy tensa y parece no existir conexión entre nuestras palabras y los sentidos de esas familias que han recibido tan duro golpe.

            La urgencia por disponer del cadáver, por arreglar los trámites del entierro, pesan para ellos más que la concesión por unas horas del cuerpo para quien el tiempo no tiene ya medida, y que permita utilizar partes que funcionan de forma autómata y con la ayuda de máquinas.

            Los que recibimos la negativa familiar a la utilización de órganos para trasplante, somos conscientes de que en esa negativa van inmersos un sinfín de mudos razonamientos, que van desde la agresividad contenida hacia la medicina en general, que no ha podido salvar a su ser querido, hasta la actitud y el trato que han recibido por parte del hospital y de la sociedad durante la rápida carrera contra la muerte. Sociedad que ahora le pide sarcásticamente solidaridad en un momento en el que el razonamiento se hace difícil y confuso.

            Somos conscientes de que la mayoría de las familias reaccionarían de forma muy distinta, días semanas o meses después del suceso, si se les volviera a solicitar la petición de órganos, pero el drama es que el momento real es único y corto, y no podemos retrasarlo.

            Campañas de información general de los trasplantes de órganos por las administraciones sanitarias, son imprescindibles para lograr que cada vez mayor número de familias andaluzas sean conscientes de este problema sanitario, por si las circunstancias de la vida les hacen pasar por el doloroso trance de tener que arrostrar a una solicitud de órganos para trasplante.

 


 

 

Premio  a  la  solidaridad

  

            El pasado día 10 de Diciembre recibieron en Estocolmo el premio  Nobel de Medicina los doctores Donald Thomas y Joseph Murray  como reconocimiento a sus investigaciones y aportaciones al  progreso de los trasplantes de órganos. Los dos comenzaron a  trabajar en el hospital Peter Bent Brigham en Boston,  Massachussets, para proseguir Thomas en Seattle, Washington,  donde ha sido el científico que ha desarrollado e impulsado  el  trasplante de médula ósea, procedimiento terapéutico que se  practica en España desde hace años y con muy buenos resultados.

            El profesor Murray fue el responsable del primer trasplante renal  donado por un hermano gemelo y trasplantado a otro con insuficiencia renal, allá por  Diciembre de 1954, y que durante el resto de su vida activa ha  continuado a la cabeza de un gran equipo humano que ha impulsado  avances muy notables en el trasplante de riñón, permitiendo que  este tratamiento esté al alcance de un cada vez mayor número de  centros en todo el mundo.

            El reconocimiento que con el premio Nobel se otorga a estos  médicos que han entregado su vida por desarrollar y mejorar la  tecnología implicada en los trasplantes de órganos, es  justificado y nos llena de alegría a todos los profesionales del  hospital que de una forma u otra estamos relacionados con los  trasplantes de órganos y tejidos en nuestra provincia y que  podríamos asegurar engloba  a una gran  mayoría, al ser ésta una  labor conjunta de muchas personas  que colaboran desde el  laboratorio, radiodiagnóstico, anestesia, especialidades médicas  y quirúrgicas.  Colegas todos ellos en quienes   hematólogos,  urólogos y nefrólogos se apoyan para completar con éxito todas  las fases pre y postrasplante.

            En el momento actual las dos líneas de trasplante en que los  doctores Murray y Thomas has sido pioneros, médula ósea y riñón,  adolecen en nuestra provincia de problemas parecidos. Ambas  tienen una inadecuada lista de espera, en gran parte debida a la  falta de donantes.

            Estos dos trasplantes pueden practicarse con órganos y tejidos  desde un donante vivo que tiene que tener un gran parecido con el  receptor para evitar el rechazo. Esto se consigue casi siempre  tras el estudio de hermanos en los que es más frecuente que  presenten características ideales de compatibilidad que hagan  menos probable la aparición de rechazo.

            Mientras que los trasplantes de médula ósea pueden recibir este  tejido de una persona viva, ya que no deja en ella ninguna  mutilación, al ser la médula ósea extraída íntegramente  regenerada en un plazo breve, la donación de riñones deja al  donante vivo en una situación distinta, con un solo riñón, que si  bien es suficiente para vivir sin ningún problema, podría en  teoría tener algún riesgo en el caso de accidente, lesión o  enfermedad de ese riñón único funcionante.

            Para obviar en los casos de trasplante de médula ósea la falta de  donantes entre los familiares, se están introduciendo y  perfeccionando otras técnicas como autotrasplante y trasplante  desde donante vivo no familiar. Esta última posibilidad se hace  factible al disponer de unos grandes ficheros de donantes  altruistas de médula ósea, tipificados de antemano y dispuestos a  dar su médula ósea como si de una donación de sangre se tratara,  cuando exista un paciente con algunas variedades de leucemia, anemia aplásica, linfomas e inmunodeficiencias severas  susceptible de recibir un trasplante de médula ósea y que no  disponga en su familia de un donante ideal idéntico.

            Aquí en España, la Fundación José Carreras para el trasplante de  médula ósea, está impulsando con un fuerte empuje la creación de  un gran banco de datos de donantes altruistas dispuestos a donar  médula ósea para trasplantar estos casos especiales.

            La situación del trasplante renal en nuestra provincia es un tema  que nos preocupa día a día al ver crecer la lista de espera de  pacientes en diálisis. Todos ellos ven como se alarga su  tratamiento con el riñón artificial a la espera de un trasplante  de riñón que parece no llegar nunca.

            Los donantes vivos para trasplante de riñón representan menos del  2% de todos los trasplantes realizados en Málaga en los últimos  diez años, por lo que los riñones procedentes de cadáver son los  únicos representativos. Si se lograra trasmitir a la población   la situación de necesidad y la angustia que reflejan los más de  250 pacientes en lista de espera para trasplante renal en nuestra  provincia, es seguro que se conseguiría duplicar en unos años los  aproximadamente 50 trasplantes/año actuales y rebajar  sustancialmente el tiempo de espera de estos enfermos en diálisis  incluidos en la lista de trasplante de riñón en Málaga.

            Si comparamos la actitud de los donantes vivos altruistas de  médula ósea y los donantes de riñón de cadáver, encontramos  muchas analogías. Las campañas de donación de órganos, como la  actualmente promovida por la Organización Nacional de Trasplantes  y cuyo lema este año es: PIENSA EN TI, consiguen aumentar el  número de donantes con carné. Pero ocurre a veces, que en el  momento de solicitar donación de órganos a una familia  que acaba  de perder a un ser querido por un accidente de tráfico o por una  apoplejía con muerte cerebral, escuchamos que no son conscientes  de la actitud mostrada por el presunto donante al no haber  manifestado en vida si estaba a favor o en contra de ser donante  de órganos.

            Es por ello por lo que te pido a ti lector,  interesado en este  tema, que hables en voz alta y públicamente,  de tu actitud hacia  la donación de órganos, para que seas escuchado por todos los que  conviven contigo y puedan trasmitir exactamente tus deseos en  caso de que sean requeridos en el  mismo momento de tu muerte.

            Para todos los donantes y para sus familias que en los últimos  años han hecho posible que el trasplante de médula ósea y de  riñón sea una práctica cotidiana, pediría un gran premio, otro  Premio Nobel a la solidaridad por su desprendida generosidad, que  está abriendo y ensanchando el camino del tratamiento de un buen  número de enfermos que esperan con ansiedad su oportunidad.

 

 

 

Trasplantes de órganos:  hoy y mañana

 

            Durante el pasado año, 879 personas fueron donantes de órganos en nuestro país. La sociedad es deudora con  todos ellos y con sus familias que, gracias a su gesto y tremenda generosidad, facilitaron la donación altruista de sus órganos para evitar, con un trasplante, la muerte de un buen número de enfermos en lista de espera de trasplante.

            El escenario de cada una de estas donaciones, muy parecidas entre si, podría resumirse así: un joven adulto es llevado al hospital por los servicios de Urgencia tras haber sufrido un traumatismo craneal como consecuencia de un accidente de tráfico. Tras una valoración inicial en el área de urgencias donde se procede a la reanimación, estabilización hemodinámica y valoración cuidadosa del alcance de las lesiones, el paciente es trasladado a la Unidad de Cuidados Intensivos. La familia del infortunado lesionado, habitualmente localizada con dificultad por los servicios de Información del hospital, espera intranquila a las puertas de la UVI por cualquier palabra que les permita comprender el estado y expectativas del accidentado. El paciente es evaluado por el médico responsable de la Unidad y el neurocirujano y las exploraciones clínicas y los estudios del escáner cerebral sugieren que la muerte cerebral es la situación actual o la inminente. En las horas siguientes todas las exploraciones neurológicas son realizadas en varias ocasiones y en un momento determinado un miembro del equipo de la Unidad de Intensivos a cargo del paciente, realiza la primera exploración completa para el diagnostico de muerte cerebral. La muerte cerebral se confirma tras una valoración cuidadosa de todos los reflejos, de estudios de electroencefalograma y estudios de flujo sanguíneo cerebral.  Tres médicos no relacionados con los equipos de trasplantes son los encargados de repetir todo el procedimiento diagnóstico de muerte cerebral seis horas después, firman el correspondiente certificado médico e informan a la familia del diagnóstico. Por entonces el equipo de Coordinación de trasplantes es avisado y se valora como posible donante de órganos. Poco tiempo después se inicia la entrevista con la familia para solicitar la donación de órganos para trasplante. Si la familia consiente la donación, el cadáver es vigilado estrechamente para asegurar la futura viabilidad de sus órganos hasta el momento del trasladado al área quirúrgica. Desde el hospital se envía al Juzgado de Guardia el certificado de muerte cerebral y se solicita permiso para  la extracción de órganos. El tiempo siguiente es dedicado a buscar a los receptores de los posibles trasplantes que en el momento de iniciar la extracción de órganos como el hígado y corazón tienen que estar en condiciones de entrar en el quirófano para iniciar la primera parte de la intervención.

            Este complejo procedimiento ha permitido que durante el pasado año 5000 pacientes se hayan beneficiado de un trasplante de órganos o tejidos asegurando así su única baza de supervivencia.

            Todos estos procedimientos de donación, extracción y trasplantes tienen que ser bien conocidos por la población porque globalmente cualquiera está en riesgo vital, tanto como posible donante, tanto  como posible receptor. Y es preciso que la sociedad sea coherente y si decide mayoritariamente que acepta el trasplante para solucionar graves problemas de salud, también mayoritariamente tiene que aceptar ser posible donante. Porque solo valorando de igual forma una y otra situación podremos proporcionar una cierta igualdad entre oferta y demanda de órganos para trasplante y evitar actitudes egoístas por las que estamos dispuestos a beneficiarnos de todos los avances médicos disponibles pero evitamos nuestra necesaria participación.


 

 

Sinceridad, por favor

 

            Los excelentes resultados conseguidos en los últimos años con los  trasplantes  han modificado el equilibrio entre órganos  necesarios y órganos disponibles. Hoy es habitual en nuestro país  que trasplantes de corazón, hígado o riñón  alcancen  tasas de  funcionamiento superiores al 80 % al cabo del año, circunstancia  que ha producido un incremento de las indicaciones que se  solucionan con un trasplante y un descenso de las  contraindicaciones que se venían considerando como prudentes  hasta hace pocos años. Es más, el trasplante es actualmente el  tratamiento de elección para cada vez más enfermos de riñón,  hígado o corazón.

            Pese a que el número de cadáveres donantes y su aprovechamiento  multiorgánico crece cada año, el diferencial entre oferta y  demanda crece también, por lo que las listas de espera para  recibir un órgano trasplantable son considerables. Todos los  esfuerzos que en los últimos años se están realizando para  corregir esta situación (carné de donante, campañas de  información y modificaciones legislativas)  están teniendo  un éxito limitado.

            Diariamente somos testigos de una gran contradicción. De un lado  sentimos cómo la opinión pública apoya la donación, es consciente de la necesidad social de la misma y se declara mayoritariamente  a favor. Sin embargo, en los críticos momentos que siguen al  fallecimiento de un hijo o un hermano, cuando nos acercamos a  solicitar permiso para la extracción de órganos a esas familias  aún aturdidas por el dolor que la absurda e imprevista pérdida de la vida les está provocando, la respuesta, en uno de cada tres  casos, es sencillamente no.

            ¿ Por qué somos capaces de decir sí a una encuesta de opinión y  no cuando llega el momento crítico de la decisión ?. Las  interpretaciones son múltiples y complejas. Podríamos pensar que  nuestra sociedad es ambivalente de modo que, mientras que la idea  de donar órganos es positiva, la idea de tomarlos del ser querido  recientemente  fallecido evoca aspectos negativos.

            La sensibilidad con la que nos enfrentamos a la muerte  que llega  a nuestro ámbito  familiar  es un aspecto cultural cambiante a lo  largo de la historia de la civilización. Cada cultura tiene sus  propios miedos, supersticiones, prácticas religiosas, rituales y  leyes. Los conflictos surgidos en estos entornos han terminado  con frecuencia en hostilidades e incluso en guerras muy cruentas.

            Más concretamente, la historia contiene numerosos ejemplos de  conflictos entre sociedad y ciencia médica que se precipitaron  cuando la ciencia intentó violar los tabúes existentes usando  cadáveres para sus propios fines. Dramáticos fueron los comienzos  de la utilización de cadáveres para enseñar disección en las  escuelas de Medicina y que tenían que ser secretamente  trasladados desde los cementerios.  Estas prácticas, pese a  reconocerse necesarias, fueron denostadas por gran parte de la  población y condujeron al cierre de un buen número de escuelas de  Medicina en los siglos XVIII y XIX.

            La autopsia clínica es, hoy día, otro ejemplo parecido y  aunque  es probada y reconocida su utilidad, continúa con muy escasa  popularidad. El público conoce estas necesidades y las acepta,  pero se evade de participar.

            El paralelismo histórico con la problemática actual en la  obtención de órganos es perceptible y los beneficios sociales,  que a corto y medio plazo produciría un aumento del número de  donaciones y de trasplantes, son fácilmente imaginables.

            Los receptores que esperan un trasplante de órganos son personas  reales, niños, jóvenes y adultos, con nombres y apellidos,  vecinos de nuestra comunidad y cuyas vidas dependen  dramáticamente de la concienciación de todos nosotros. Ellos  aparecen a menudo en los periódicos o noticiarios de televisión  contando las escalofriantes circunstancias de su enfermedad y  clamando por un órgano para el trasplante que necesitan con  urgencia.

            Cuando en una posible donación oímos el no, nos duele pensar,  simplemente imaginar, cómo esas familias se cierran al futuro  pues existe la posibilidad de que ellos mismos, para sí o para  sus hijos, estén algún día al otro lado de la mesa y demanden a  otras familias en parecidas circunstancias  lo mismo que ahora  deciden negar.

            Los rápidos avances que está experimentando la Medicina en los  últimos años induce a pensar que,  gran parte de nosotros puede  llegar a ser algún día no lejano, receptora de un órgano o tejido  a trasplantar.

            La sociedad es injusta y cínica cuando  diciendo no a una  petición para extracción de órganos, no valora que una, dos o  tres personas van a verse privadas de una solución rápida, eficaz  y definitiva a su grave e irreversible problema de salud.


 

 

 

Los  trasplantes  en  la  salud  del  siglo  XXI

 

            La esperanza de vida de los llamados países del primer  mundo, desarrollados o industrializados, donde afortunadamente  nos encontramos, ha experimentado un continuo crecimiento durante  todo el siglo XX. Vencidas o atenuadas gran número de  enfermedades infecciosas y con los progresos habidos en los  procedimientos diagnósticos y terapéuticos, se han logrado cotas  de salud que parecían inalcanzables en la primera mitad de este  siglo.

            En las últimas décadas, campañas preventivas y de educación  sanitaria, han permitido mediante recomendaciones sobre consumo  de tabaco, hábitos dietéticos  y ejercicio físico, que algunos  países disminuyan la mortalidad y morbilidad secundaria a esos  factores de riesgo. Pese a ello, otras patologías como el sida,  tumores y accidentes, son los agresores más serios y graves en el  momento actual que están frenando el crecimiento de las  expectativas de vida.

            Pero no solo se está consiguiendo una vida más prolongada  sino de más calidad. Este tiempo, que añadido al final de una  trayectoria profesional y familiar, hace factible disfrutar  felizmente de un buen puñado de años en la vejez, es uno de los  aspectos más llamativos y que actualmente es realidad para un  creciente número de jubilados españoles.

            La influencia de los trasplantes de órganos en la salud de  la población comienza a ser representativa en nuestro país, al  menos, de momento,  en su contribución sobre la calidad  de vida.  El pasado año se alcanzó en España el trasplante renal número  10.000, al tiempo, que se cuentan ya por miles, los trasplantados  de hígado y corazón. Estas cifras logradas fundamentalmente en la  última década, están permitiendo un espectacular cambio  en la  salud y condiciones de vida, para un número importante de  enfermos y familias. El sostenido crecimiento en la práctica de  los trasplantes que ha pasado de mito a realidad, hace pensar que  representarán cifras muy superiores en el próximo siglo.

            Este logro que los profesionales sanitarios de nuestro país  ponen a disposición de toda la sociedad, precisa por el momento,  de una mayor concienciación y compromiso personal, para que uno  de pilares donde se asienta esta actuación, sea lo más sólido  posible: oferta de órganos.

            Prácticamente la única barrera que frena actualmente una más  rápida difusión de este tipo de tratamientos en España y en todo  el mundo, es la falta de suficientes órganos para trasplantar,  circunstancia que conduce actualmente a limitar las indicaciones  de los trasplantes de órganos a aquellas personas con mayor  esperanza teórica de vida, a patologías muy concretas y  aplicables en un reducido número de centros.

            En nuestra sociedad, que partía de unos índices de donación  realmente bajos, se está consolidando esta cultura del trasplante  y se observa un cambio claro de disposición. Cada vez son menores  las posturas radicales en contra de la donación y se evidencia un  cambio esperanzador, abandonando actitudes de pasividad e  indiferencia. La población es consciente de que la donación de  órganos es una moneda de cambio que hace posible el lema: "hoy por  ti, mañana por mí o para mi familia",  y reconoce, cada vez más,  un sentido de utilidad para el cuerpo tras la muerte.

            Cuando la población tome conciencia de la  importancia que tendrán los trasplantes de órganos en su salud, se logrará, en parte,  que la oferta de  órganos para trasplante sea suficiente para poder hacer frente a  más enfermos crónicos de hígado, corazón, páncreas, riñón, médula ósea,  etc. Defendemos la donación solidaria y altruista, como  la única que puede conseguir cancelar listas de espera para trasplantes, de forma que, nunca se pueda oír que alguien llegue a morir porque no le llegó un órgano para trasplante.

            Con el desarrollo masivo de los trasplantes en el próximo  siglo y alcanzadas cotas de donación óptimas, se plantearán, con  más énfasis, otras problemáticas sanitarias, ante la necesidad de  desviar importantes recursos económicos para los trasplantes de  órganos. Preguntas como: ¿quién paga?, ¿quién vive?, ¿quién  decide?, serán parte de un vasto problema ético que la sociedad y  sus representantes democráticamente elegidos, deberán concretar  con valentía. En cualquier caso,  la pugna entre aplicación de  tecnología y terapéuticas sofisticadas  versus sanidad básica y  con mínimos generales, no debería perpetuarse como un paralogismo crónico y debería quedar, como hasta ahora, en manos de los  profesionales sanitarios, responsables de las indicaciones y  tratamientos, basados exclusivamente, en criterios médicos.

            Nuestra sociedad que ha alcanzado cotas de salud importantes  en otras áreas, debe saber, que dispone de los trasplantes para  tratar muchas enfermedades que pueden presentarse a lo largo de  su existencia y que estos tratamientos le van a proporcionar más  y mejores años de vida, pero todos tienen que colaborar  necesariamente,  aportando su clara disposición a donar y a que  se utilicen sus órganos en el momento del fallecimiento, como una  contribución social obligatoria que debería ser un modo de  actuación absolutamente normal y del que esperamos que llegue a  dejar de ser noticia en los medios de comunicación del próximo  siglo, debido a que felizmente, se haya alcanzado un perfecto  equilibrio entre oferta y demanda.


 

 

 

El  carné  de  trasplante

 

            Durante el pasado año, los trasplantes de órganos  y  los implantes de tejidos, han alcanzado en nuestro país un número  jamás conocido hasta ahora y que ha permitido prolongar la vida o  mejorar su calidad, a 2.973 enfermos de riñón, corazón, hígado,  pulmón, páncreas y en otros con problemas hematológicos o de visión.

            Los trasplantes de riñón, el más conocido y del que éste año se cumple el 40° aniversario del primero realizado con éxito, han  sido 1.363 en toda España, cifra que coloca a nuestro país entre  los  primeros del mundo, al significar 35 trasplantes anuales por  millón de población.

            Sin embargo, pese a este palpable crecimiento, tenemos cada  día más población enferma esperando ser tratada con trasplantes.  Esta circunstancia se explica fácilmente si pensamos que el  trasplante, cuando fracasa la terapéutica medicamentosa, es el  modo de tratamiento más completo, que restituye la función del  órgano enfermo del modo más natural y cada vez con menores  riesgos dependientes de la cirugía  y de la medicación  antirrechazo, que obligatoriamente tienen que tomar los  trasplantados durante toda su vida. Por ello, el trasplante es  una terapéutica cada día más indicada y aplicada por clínicos y  cirujanos.

            Pero es preciso recordar que, si bien el trasplante de  órganos es una realidad que se ofrece a toda la población que lo  necesite, hoy por hoy tenemos una limitación importante: la  falta de órganos. Esta es sin duda la única circunstancia que  frena su mayor difusión y su aplicación en muchas otras  enfermedades que, por ahora, no responden a otro tipo de  tratamiento.

            Si todos queremos beneficiarnos del avance que supone  disponer de los trasplantes para tratar nuestras enfermedades, es  preciso que, de una forma urgente, se modifique la mentalidad y  actitudes de una buena parte de la población, para crear un  estado de opinión más favorable cada día a la donación de  órganos. Que sea factible el que ni un solo  enfermo pendiente de  un trasplante muera por no haber sido posible encontrar a  tiempo, una persona y una familia solidaria, generosa y altruista  que decide la utilización de sus órganos sanos en el momento de  su muerte, para poder ser trasplantados y que sigan funcionando  en otros cuerpos con padecimientos localizados.

            En esta línea de pensamiento, pensamos que el concepto de  carné de donante es ya un término anticuado. No vale solo pedir a  la población que se haga donante y tenga su carné para donar  órganos el día de su muerte. Se trata de potenciar el carné de  trasplante. Carné real o imaginario, que nos cualifique a todos  tanto como posibles donantes, tanto como posibles receptores.  Asegurar que, del mismo modo que algún día podemos donar parte de  nuestro cuerpo, también tendremos las mismas oportunidades de  restaurar o reponer alguno de nuestros órganos enfermos, porque,  alguien con otro carné de trasplante, estará dispuesto a ofrecer  idéntica solidaridad. Es preciso crear una mayor cultura del  trasplante y no de la donación aislada. Toda la población,  enfermos y sanos, tienen que exigir más trasplantes.

             No es  difícil imaginar, si se lograra este cambio de actitud en nuestra  sociedad  y se duplicaran las cifras de órganos trasplantados,  los beneficios a disposición de los que por desgracia necesitan o  necesitarán un trasplante. Y sucede que, esta circunstancia  puede llegar a  ser  realidad en cualquiera de los que hoy disfrutamos de una buena  salud, porque las enfermedades subsidiarias de trasplantes,  aparecen de forma fortuita, violenta y sin avisos, como un infarto  de miocardio, una nefritis o una hepatitis fulminante.

            Además, un menor intervalo entre indicación del trasplante y la  intervención quirúrgica, permitirían mejorar más aún los  resultados y se eliminarían sucesos que, por desgracia, vemos con  relativa frecuencia: morir esperando un trasplante. Cuesta mucho  soportar la impotencia al no poder trasmitir a una familia que  dolorosamente siente la muerte de un familiar muy cercano y que  niega la extracción de órganos, que existen otras familias con un  sufrimiento parecido, al lado de sus hijos o cónyuges, que no ven  llegar una donación que les libre del tormento y de la muerte.

            Por eso queremos que pienses, que "llevas encima" un carné de  trasplante que, sobre todo, significa reciprocidad,  posibilitándote idénticas oportunidades a ti y a tu familia,  tanto si necesitas un trasplante, como si a tu muerte, decides  donar órganos.


 

 

Optimizar recursos

 

            Los trasplantes salvan cada año en nuestro país miles de vidas. En este panorama alentador las necesidades de órganos distan mucho de estar cubiertas y asistimos al mantenimiento o incremento de las listas de espera.

            El progreso en trasplantes de órganos ha sido extraordinariamente rápido en los últimos 35 años. Por entonces, los trasplantes estaban reducidos solo a donaciones de riñones entre hermanos gemelos al desconocer como preservar los extraídos de donantes fallecidos y como controlar la tendencia natural del organismo a rechazar órganos o tejidos genéticamente diferentes.

            Hoy día, muchos órganos y tejidos son extraídos de cadáveres, colocados en medios adecuados de conservación, trasladados a cientos o miles de kilómetros y finalmente implantados a pacientes sin relación biológica con el donante, consiguiendo además, con modernos medicamentos que los injertos sean tolerados por el nuevo huésped mediante el engaño de su sistema inmune.

            Los trasplantes de órganos son uno de los tratamientos que no pueden existir sin la participación del público. Parece probado que solo uno de cada cinco posibles donantes llega a ser donante real. Las razones de este fracaso incluyen desde la no valoración como posible donante por parte de los médicos, hasta la negativa familiar. Algunos profesionales sienten turbación y evitan solicitar la donación a una afligida familia.

            Los donantes son gente altruista , anónima que sienten la llamada de la solidaridad, generosos con aquellos que claman por una oportunidad para solucionar su problema de salud y deciden que a su muerte todos sus órganos sean compartidos con enfermos. Sin donantes, los programas de trasplantes se paralizarían inmediatamente. Desgraciadamente seguimos enterrando en vez de trasplantando muchos órganos. La medicina de los trasplantes está prácticamente consolidada desde el punto de vista técnico y al alcance de una gran mayoría de profesionales médico-quirúrgicos. Así, España dispone de muchos hospitales pendientes durante todo el año de llamadas para donación y trasplantes. Sin embargo, algunos de estos centros trasplantan menos de doce órganos al año. Esta cifra tan exigua de intervenciones es consecuencia del escaso numero de donaciones e influye en los resultados de los trasplantes. Para mejorar la donación se hace preciso incrementar los centros extractores de órganos implicando a hospitales de menor tamaño y mejorando la formación de los profesionales sanitarios en relación con la protocolización de todas las muertes cerebrales. Además hay que concentrar más esfuerzos en campañas informativas a toda la población para que se sientan más involucrados en estas alternativas terapéuticas, haciéndoles llegar que son los principales protagonistas dando o recibiendo órganos para trasplante y beneficiándose por tanto, del mejor y mas claro exponente de la medicina actual.

            Por ello se hace necesario una reorganización de los recursos empleados en trasplantes, premiando mas los empleados para la obtención de órganos en vez de los gastados en los trasplantes.

            Una de las explicaciones por las que se ha llegado a esta situación radica en que el impulso inicial de los trasplantes en nuestro país ha sido posible gracias al entusiasmo de cirujanos y clínicos que han empleado su tiempo y sus recursos económicos en procurarse una sólida formación en el campo de los trasplantes, trasladándose a centros de prestigio en otros países donde se disponía de sólida experiencia. Este espíritu ha sido el motor desarrollista de los trasplantes de nuestro entorno y así hemos llegado a tener muchos equipos trasplantadores para pocos órganos, debido a que no ha existido una preocupación sincrónica sólida en mejorar las estructuras que permitan incrementar las disponibilidades de órganos a trasplantar.

            La finalidad de estas reflexiones esa concienciar a la sociedad y a nuestros gestores sanitarios para concentrar más medios humanos y económicos hacia las fases de detección y obtención de órganos en un intento de no perder ni una sola donación.

            Los trasplantes de órganos son caros, carísimos, pero tremendamente eficaces. Los recursos públicos que se pueden derivar hacia la salud no son infinitos. Es imprescindible que se articule una mejor distribución del presupuestos destinado a trasplantes de órganos para que esta solución terapéutica, este pequeño milagro" que actualmente beneficia a una parte de los muchos que esperan ser llamados sea generosamente ampliado y en un futuro muy próximo las listas de espera desciendan porque la oferta de órganos se multiplique y no porque algunos de los muchos que esperan se haya descolgado, cansados de tanta espera, cuando su debilitado organismo no ha podido resistir ni aun solo día más.

 

 

 

Regalo de vida

 

            Asistimos en las últimas décadas a la sucesión de avances extraordinarios  en la práctica médica que están haciendo posible un diagnóstico más certero y un enfoque terapéutico cada vez más perfecto y eficaz de un gran número de enfermedades. Sin embargo,  el funcionamiento del  cuerpo humano es tan complejo, que todavía permanecen ocultos remedios y soluciones para reparar órganos enfermos que han llegado a una situación de extenuación de difícil salida, donde el cuerpo entero se viene abajo y muere.

            Los trasplantes de órganos, cada vez más numerosos, están llegando a tiempo y consolidándose como una alternativa terapéutica imprescindible allá donde no es posible lograr la curación por otros medios. Para todos aquellos que no recuerden bien la historia de los trasplantes de órganos, basta recordar que se realizan trasplantes de riñón desde 1952 y que el paciente que más tiempo se mantiene con un riñón funcionante alcanza la friolera de 29 años. Existen  receptores que viven con un hígado trasplantado desde hace 22 años y el trasplantado de corazón más antiguo ha superado con éxito los 20 años de trasplante. Así pues, el trasplante de un órgano no es una "chapuza" o una solución pasajera en fase experimental o de desarrollo, sino una solución definitiva y duradera para cada vez más enfermos y que realmente les salva de la muerte.

            La donación de órganos tiene que ser considerada como una actitud cada vez más extendida y aceptada, acorde con el tiempo que vivimos y necesaria para que la medicina de los trasplantes se mantenga y pueda llegar a toda la población.

            Es maravilloso asistir en los primeros días en los que la función del nuevo órgano se consolida y el cuerpo entero empieza a despertar del largo letargo en el que la enfermedad le había sumido, a la alegría que los receptores y sus familias expresan, temerosas aún por el miedo a las complicaciones quirúrgicas o al rechazo del nuevo órgano. En esas interminables jornadas de las primeras semanas de un trasplante, el deseo por conocer detalles de la persona y de la familia que ha donado, es una reclamación  continua ante los médicos y enfermería que les atienden y vigilan  estrechamente.

            Su alegría por el éxito de la operación que les va a permitir concluir los estudios, estabilizar la familia, volver al trabajo y realizar un sin fin de ilusiones y proyectos que esperan y que para los que gozamos de una buena salud no valoramos en su justa medida, se empaña momentáneamente por el recuerdo entrecortado del donante,  a quien  no conocen pero sienten como algo propio dentro de un indefinido parentesco. Saben y sienten el sufrimiento en el que estará inmersa la familia  por la irreparable pérdida y, de forma inconsciente, establecen  una nueva relación de parentesco con esa desconocida familia que ha derrochado valentía y generosidad, permitiendo que esos órganos extraídos -la mayoría de las veces en plena juventud y rebosantes de salud-  sigan funcionando en ellos y aporten vitalidad e ilusión a otras familias que durante años han pasado por circunstancias dramáticas, debido a una cruel y prolongada enfermedad.

            Uno de los aspectos que nos ayudan a animar a las familias indecisas a quienes solicitamos la donación de órganos, además de la convicción de que hacemos algo en lo que creemos firmemente, son las experiencias que familias de donantes nos trasmiten. Para un buen número de estas familias, el recuerdo de la donación de órganos, dentro de la pesadilla de la absurda e imprevista muerte del hijo, padre o hermano tan querido y necesitado, representa una ayuda para soportar esa angustia inicial que les invade los primeros días, los primeros meses. Piensan que su tragedia tiene alguna parte positiva y a ella se refieren y aferran en los momentos más tristes, e intentan pensar  en aquellos trasplantados a quienes han dado vida.

            "Si salvas una vida, salvas el mundo". Esta frase, escogida del "Talmud", ejemplifica el potencial que tenemos para cambiar el curso del destino. El regalo de la donación para la salvación de otras vidas deberá ser, cada vez más, un compromiso ético irrenunciable inculcado desde la primera escolarización. La ayuda a todos estos enfermos, con todo nuestro cuerpo, cuando pronto, tarde o quizá nunca llegue la oportunidad  de la donación, tiene que ser una obligación aceptada por toda la población.

 

 

Trasplantes de órganos: presente y futuro

              Hipócrates en sus conocidos aforismos incluyó aquel por el que para enfermedades extremas se deberían aplicar tratamientos extremos. Cada año algo más de 2500 pacientes reciben en nuestro país trasplantes  como un excepcional acto terapéutico.

            Los trasplantes de órganos resultan así el último  tratamiento eficaz para un gran número de enfermedades que, pese a los avances médicos actuales, no tienen una adecuada respuesta con terapias farmacológicas o quirúrgicas. Totalmente consolidados y con unos resultados que cada día nos asombran más, los trasplantes de riñón, hígado o corazón permiten una rehabilitación prácticamente total en el receptor una vez superados los primeros meses. Sin embargo, la particularidad que limita su mayor expansión es debida, casi exclusivamente, a la escasez de órganos sanos disponibles para el trasplante.

            La diferencia entre el número de órganos  para trasplantar y el de posibles receptores de  trasplantes tiende a ampliarse. Esta divergencia ha conducido  en algunos países desarrollados a establecer un código ético para regular todas las actividades  de  trasplantes. Es unánime la resolución que pretende  controlar y prevenir actuaciones que pudieran desvirtuar el acto de la donación tal y como se viene haciendo hasta ahora en la mayor parte del mundo: altruista y anónima. Comités éticos de diversos países europeos debaten desde hace tiempo e intentan consensuar un código de conducta que regule las actividades relacionadas con la donación y trasplante de órganos. Así, queda totalmente prohibida la venta, premio o gratificación por la donación de cualquier órgano para trasplante. Médicos, personal sanitario y profesionales no sanitarios de la salud deberán abstenerse de participar en procedimientos de trasplante si tienen razones para pensar que los órganos han sido objeto de transacciones comerciales o son de desconocida o dudosa procedencia.

            Esta situación de carencia de órganos para trasplante hace que se estudien alternativas a los donantes humanos.  Y esto ha llevado al desarrollo de grandes proyectos científicos para utilizar a algunos animales como fuente prácticamente inagotable de órganos para trasplante (xenotrasplantes). Órganos que cuando se consiga controlar la barrera inmunológica que nos separa  mediante la administración de nuevos y potentes medicamentos inmunosupresores o a través de la cría de animales transgénicos ( animales a los que se les ha intercambiado mediante ingeniería genética, genes propios por genes humanos que codifican la síntesis de nuestras proteínas). De este modo, alguna de las estructuras con capacidad de desarrollar fenómenos de rechazo, al existir diferencias entre las especies,  pasarían a un segundo plano gracias a que el animal nacerá con receptores celulares de diseño humano.

            La otra gran ventaja sería la de conseguir unos órganos para trasplantar completamente sanos y perfectamente funcionantes al estar criados solo para ese fin. En el lado contrario existiría la posibilidad de trasmitir desconocidas enfermedades actualmente restringidas al habitat animal y que podrían causar graves estragos en el hombre al traspasar de forma artificial y violenta barreras que las mantenían sujetas en los animales.

            El animal más fácil de utilizar en nuestros trasplantes de órganos sería el cerdo, al tener unos órganos internos de similar tamaño y con una reproducción  fácil y barata.

            Asociaciones protectoras de animales, ecologistas y conservacionistas de distinta índole, se han manifestado en contra de esta utilización, pero sin aportar argumentos convincentes. La vida humana comporta una vida racional y es una vida superior a la de cualquier  animal. Los animales deben ser queridos, cuidados y respetados pero algunos deben y pueden, como ha sido siempre, estar a disposición del hombre, con arreglo a especificaciones y controles legales, para que le ayuden como alimento, sustento o para mejorar su calidad de vida.

            No debería existir una gran diferencia entre sacrificar un animal para disponer de alimento o para utilizar algunos de sus órganos vitales con fines de trasplante,  una vez aplicadas todas las garantías posibles para evitar en el animal  sufrimientos innecesarios o desproporcionados.

            Para algunos filósofos, la producción de cerdos transgénicos con fines de trasplante plantearía además, el dilema de si estos cerdos serían "parcialmente humanos" y como tales se les deberían aplicar nuevas regulaciones que controlaran su utilización. Se podría elucubrar y  hablar de posible pseudo-canibalismo si se aprovecharan para alimentación, productos sobrantes tras la extracción de órganos.

            En el momento actual los trasplantes de órganos de animales al hombre, quedarían reservados como trasplantes "puente" mientras llega un órgano humano susceptible de reemplazarlo. Los avances científicos en estas áreas de xenotrasplantes tienen que desarrollarse todavía más intensamente en el laboratorio, por mucho que noticias del reciente trasplante de hígado de babuino al hombre tiendan, en un primer momento, a trasmitirnos una imagen eufórica de la situación.

             Mientras tanto, la solución ahora y para las  próximas dos décadas, pasa obligatoriamente, por aumentar la solidaridad   interhumana en nuestra comunidad, donando nuestros órganos  para permitir su reutilización. Se debe evitar -cuando sea posible- la inexorable e inmediata destrucción de todo el cuerpo tras la muerte, en aquellos que han perdido inesperadamente la vida permitiendo la extracción de órganos con fines de trasplante. Es necesario  trasmitir más intensamente ese sentido de utilidad y de reciclaje para algo tan preciado y escaso como estas insustituibles partes de nuestro complejo cuerpo humano.


 

 

A mi donante: ¡ gracias !

 

Los receptores de órganos o tejidos trasplantados no pueden agradecer como quisieran el regalo de vida a sus desconocidos donantes o a sus familias. Por diversas vías, todos desearían expresarlo pública o privadamente y hacer cualquier cosa que reflejara el inmenso reconocimiento y gratitud por el trasplante, pero no lo encuentran fácil. Usted puede decir gracias a quien le ayuda a encontrar una calle cuando se encuentra perdido; a quien le devuelve a un hijo pequeño que se había extraviado; a quien le ofrece alguna bebida cuando la sed es intensa. Pero a los trasplantados no les facilitamos el escenario para poder manifestar personalmente su sincera gratitud a quien les ha salvado la vida.

Nuestros legisladores de acuerdo a una visión pragmática de las leyes que promulgan para hacer más fácil y justa nuestra convivencia, promueven el anonimato entre donante y receptores para evitar, según dicen, que en algunos casos excepcionales pero posibles, se pudieran establecer vínculos o relaciones anómalas que fueran más allá de un sincero agradecimiento y acabaran en presiones psicológicas o de otra naturaleza.

Por ello, los profesionales sanitarios relacionados con donantes y trasplantes, estamos obligados al secreto y a custodiar con celo las identidades de donantes y receptores, aún a sabiendas de que en ocasiones, estos planteamientos son imposibles. La propia naturaleza de los trasplantes obliga con cierta frecuencia a que las operaciones de extracción y trasplante coincidan en el tiempo y en el mismo centro hospitalario. Así habitualmente, familiares del donante y familiares del receptor comparten la sala de espera, un banco de la calle o la barra de la cafetería. Y en nuestra cultura cuando vemos a una familia afligida por el dolor de la pérdida de un ser querido, es normal  manifestarles nuestro sentimiento y nuestra pena. Con cierta frecuencia también, a lo largo de tantas horas de espera, salen en la conversación recuerdos y circunstancias que explican su estancia hospitalaria y los interlocutores se dan súbitamente cuenta que están unidos por una expectativa común: la esperanza. Las familias de donantes y receptores estaban  con la esperanza muy alta. Los primeros, dada la gravedad de la enfermedad o accidente, esperaban la recuperación aunque fuera milagrosa. Los otros y por el mismo motivo, esperaban que llegara pronto un trasplante como última y desesperada solución.

En otras circunstancias, son los profesionales de los medios de comunicación los que con ocasión de que algunos donantes tienen detalles de excepcionalidad o notoriedad, activan sus mejores habilidades y contactos a la búsqueda de las identidades de los hasta entonces anónimos protagonistas de noticias de gran interés humano.

Cuando los coordinadores de trasplante entrevistamos a una familia en proceso de duelo para ofrecerles la opción de donar órganos, les facilitamos toda la información necesaria para hacerles ver que la donación  es una decisión buena, solidaria y justa. Incluso el recuerdo de la donación hará más llevadera la pérdida a medida que transcurran semanas o meses. Además, siempre habrá una o varias familias beneficiadas con los trasplantes que recordarán a su donante con la máxima gratitud que se puede tener hacia una persona que sienten como bondadosa porque a costa de la propia vida facilitó su curación. Nuestros argumentos incluyen hacerles ver que nunca se arrepentirán de la decisión de donar y que aunque los receptores no se lo podrán reconocer personalmente, nosotros les informaremos de algunas características de los trasplantados, a excepción de su identidad, para que puedan, si así lo desean, imaginarles en sus pensamientos.

Lo mismo hacemos con los receptores. Siempre les animamos a que tengan un recuerdo para su donante y para su familia. Y nos consta que la pregunta invariablemente es: ¿podría conocer a esa buena familia para manifestarles mi gratitud?. Sienten que nuestra respuesta sea negativa, aunque lo entienden y con frecuencia nos facilitan alguna fotografía meses después del trasplante, cuando han desaparecido las huellas de la enfermedad y su rostro es indiferenciable del de cualquier persona con un estado normal de salud. Estas anónimas fotografías del receptor se las ofrecemos a las familias donantes. También algunos receptores guardan con gran cariño fotografías de una persona que nunca han visto, ni hablado y que nunca encontrarán: su donante.

La alegría y gratitud de los trasplantados es el motivo de que habitualmente comiencen a contar su edad a partir de la fecha del trasplante. Su segundo nacimiento. Y lo celebran como su principal cumpleaños. Esas actitudes hacen posible cambiar un aniversario penoso para una familia, en una fecha de celebración y alegría para otra. Para los que tienen prácticas religiosas estos recuerdos van siempre acompañados de sus mejores y más sinceras oraciones, con la convicción de que su donante está integrado ya como uno más en sus oraciones cotidianas por sus familiares queridos.

Por éstas y otras razones, desearíamos animar a toda la población a abrazar la opción de la donación de órganos como una actitud lógica, solidaria y la más humana que se puede tener con nuestros semejantes. Sólo vamos a pedir órganos y tejidos cuando ya no lo necesite su propietario, cuando no tienen utilidad para nadie más que para el enfermo desesperado y en la seguridad de que ningún otro regalo o dádiva será tan agradecido como la donación con fines de trasplante, tratamiento que va a permitir el funcionamiento durante muchos años, de órganos o tejidos tan indispensables por vitales.

Sirvan éstas líneas como testimonio de gratitud de todos los trasplantados a sus anónimos donantes, verdaderos héroes salvavidas por el precioso regalo de la donación.

Aunque si todavía tienes dudas, cierra los ojos e imagina la cara de un joven adolescente que se trasplantó hace unos meses y que ya corre sonriendo, y que juega con sus amigos, y que ha vuelto al colegio, y que tiene planes, y ...

Si quieres ser donante cuando llegue el momento, tienes que decirlo hoy. Tu familia debe conocer tu opinión sobre la donación y los trasplantes de órganos. Ellos serán los garantes de que tu decisión se lleve a cabo. Tan simple. Tan natural. Tan importante.