“EN MEMORIA DE NUESTROS DONANTES”
Guía breve de ayuda a sus familias

4. Recuerdos de mi trasplante

Ninguno de ustedes habrá olvidado aquella imagen del arquero que lanzaba una flecha ardiendo. Era el 25 de julio de 1992, el día de la apertura de los Juegos Olímpicos de Barcelona. Yo tampoco olvido ese día. Mientras el arquero disparaba su flecha, el equipo de cirugía cardiaca de la Fundación Jiménez Díaz de Madrid me preparaba para hacerme un trasplante de corazón.

Llevaba tres meses esperando en el hospital. Cada tarde, me permitían dar un pequeño paseo hasta un jardín cercano. Aquel 25 de julio, a mi regreso al hospital, vi más risueño que nunca al enfermero de la planta. Achaqué su alegría al comienzo del fin de semana. Pero luego noté sonrisas y guiños cómplices entre el resto del personal; supuse que algo bueno les había pasado. Marché a mi habitación y al rato estaban todos llamando a mi puerta: había llegado mi hora.

Me comunicaron la noticia como si me hubiera tocado la lotería. Quizá tenían razón. Durante tres meses había estado pensando en este momento. Lo hacía con una mezcla de miedo y esperanza. O, más bien, había momentos en los que había sentido miedo y otros en los que soñaba esperanzado: con volver a casa, vivir muchos años, poder enseñar a nadar a mi hijo que entonces tenía un año y medio.

Pronto, mi habitación se llenó de gente. "No te hagas ilusiones", me decían, "es probable, pero todavía no es seguro". Había bastante euforia. Aquello parecía una fiesta de cumpleaños. El ambiente era más propio de una maternidad que de una planta de enfermos cardíacos. Pero no era inoportuno. Celebrábamos por anticipado una nueva vida: la mía.

Para quienes no hayan vivido de cerca un transplante, puede parecerles obsceno que algo así despierte alegría. Para que haya un trasplante ha de haber un donante. Y, por tanto, tiene que haber alguien que muera. A través de un perfecto y delicado mecanismo de solidaridad, un trasplante recrea el ciclo vital: la muerte da paso a la vida.

Mientras mi habitación se convertía a la vez en una fiesta de cumpleaños y en el camarote de los hermanos Marx, pensé que en algún lugar había una familia que estaba sufriendo mucho. Por azar, en aquel momento me llegaron algunos datos sobre mi donante. Desde entonces, sé cuál era la ciudad en la que vivía, sé que era un joven de quince años y que murió en un accidente estúpido, cayéndose de una bicicleta.

He pensado muchas veces en él. He querido imaginar qué estaría haciendo si viviera hoy. Tendría 22 años, estaría acabando sus estudios o habría comenzado a trabajar. Difícilmente hubiéramos tenido la oportunidad de conocernos. Sin embargo, juntos, él y yo, en los últimos siete años, hemos escrito cinco libros y un montón de artículos, hemos enseñado a nadar a mi hijo, amamos a mi mujer y nos reímos mucho con mis amigos. También, en estos años, hemos viajado un par de veces a la ciudad en la que él vivía y hemos paseado por las que eran las calles de su infancia. Sin conocernos, sin hablar siquiera, hemos hecho muchas cosas juntos.

            En estos años he pensado también en los padres de mi donante. No hay mayor tragedia que la muerte de un hijo. Es la peor de las desgracias imaginables, porque rompe fatalmente la lógica del ciclo vital: los hijos están para sobrevivir a los padres. He pensado mucho en los padres de mi donante y he querido imaginar qué proyectos tendrían para su hijo, un chico fuerte, deportista, que en aquel mes de julio de 1992 debía de estar esperando ilusionado el comienzo de los Juegos Olímpicos.

Imagino el dolor que aún deben sentir, los espesos silencios durante la cena de Navidad, la profunda tristeza en los días en los que el calendario señala la fecha del nacimiento o de la muerte de su hijo. Me gustaría poder consolarles: explicarles que, gracias a su generosidad, su hijo sigue viviendo en mí y, a su vez, dándome vida. Porque un trasplante es sobre todo una relación simbiótica entre dos seres que, sin conocerse, se dan vida mutuamente. El trasplante proporciona esperanzas al receptor, pero también ha de proporcionarlas a la familia del donante, que, dando vida a otro, puede seguir viviendo.

Pero también, no cabe duda, la donación es un acto de solidaridad. En una sociedad como la nuestra, salpicada de escándalos, en la que parecen haber desaparecido los nobles ideales (no sólo han desaparecido, sino que, incluso hoy hablar de "nobles ideales" parece una cursilada o un torpe gesto retórico), en una sociedad así la existencia de la donación de órganos es toda una rareza: dar algo a cambio de nada parece hoy una excentricidad, pero no lo es. Hay mucha gente que da sin pedir nada a cambio.

Si de algo podemos sentirnos orgullosos en Europa es precisamente de haber levantado un inmenso instrumento de solidaridad que ha hecho por fin realidad la igualdad entre los seres humanos. Gracias a los sistemas sanitarios públicos, somos iguales ante la salud, ante la enfermedad y ante la muerte. Todos gozamos de los mismos derechos, sin que el dinero o la cuna puedan hacer distingos. Nuestro sistema de transplantes obedece a la misma lógica, pero además es mucho más eficaz que el de la mayor parte de los países europeos. Es algo de lo que de verdad nos podemos sentir orgullosos.

En estos años he meditado bastante sobre en qué he cambiado después del trasplante. He querido preguntarme si he estado a la altura de la generosidad de la que me beneficio, de la entrega de una vida ajena que me hace vivir. Pero he llegado a la conclusión de que ningún hecho de nuestra vida, bueno o malo, ni un trasplante, ni un accidente de tráfico, ni un premio de la lotería, puede mejorarnos.

Sí es innegable que existen cosas que nos hacen apreciar más la vida. Nunca olvidaré un amanecer pocos días después de mi operación. En Madrid hacía mucho calor. Aquella noche hubo una gran tormenta. Yo estaba solo en mi habitación, no tenía sueño y me asomé a la ventana para ver las primeras luces. Sentí en la cara el frescor de la mañana y olí la tierra mojada. No exagero si digo que fue aquel el momento más feliz de mi vida. Había renacido. A partir de entonces, todo lo bueno que me ha sucedido se lo debo a unas personas a las que jamás he podido conocer.

 

Félix Bayón. (Texto escrito para conmemorar los 1000 primeros trasplantes de riñón en Carlos Haya. 1999)